[CABA, Argentina, 1955]

 

Mario Sampaolesi nació el 16 de junio de 1955 en Buenos Aires. Ha publicado: A la hora del té (2007), Malvinas poem (2010) en Rumania, Two Poems – Malvinas and Points of Collapse (2013) en Gran Bretaña, El taller de Leo (2013),  Malvinner (2014) en Armenia,  Mare Nostrum (2015),  La erosión (2016), Malvinas–Poema (2018). Fragmentos de Malvinas, declarado de interés cultural por la Legislatura de la Ciudad, han sido incluidos en la antología 200 años de poesía argentina.

Poemas

La ruta se extendía recta ante nosotros. El asfalto todavía húmedo por el rocío. Nos dirigíamos hacia el bosque de pinos de mi juventud. Allí, te conté, una mañana de primavera, sobre el tronco de un árbol derrumbado por alguna tormenta leí por primera vez a Wang Wei. Sentado, oí el ruido del viento entre las ramas. A través de ellas vi el azul del cielo, plano, sin nubes, calmante. La oscilación del follaje superpuso formas, urdió una textura inmaterial; redes de luz, líneas de sombra. Compuso compone otros poemas. Mientras conducía, relaté esta pequeña historia. Vos escuchabas. A veces a mí, otras a Piazzola. Por fin, a la derecha del camino, apareció aquel de ripio que llevaba a las sierras y a mi bosque. Seguí en esa dirección excitado por la proximidad del reencuentro. Cada tanto nos cruzaban grandes camiones, topadoras, maquinarias, combis con obreros. Cuanto más avanzábamos, más trabado se hacía el tránsito. Pronto supimos porqué. El bosque ya no estaba. Salvo una pequeña extensión sobre el lado del mar que en pocos días sucumbiría. Las taladoras continuaban continúan con su depredación. Otras máquinas, desconocidas para nosotros, apisonaban el terreno, abrían surcos, desmalezaban, cargaban los troncos sobre camiones, expoliaban el bosque. No existían más aquellos árboles rectos, flexibles, hermosos. Ni animales, aves, insectos. Destruidos ellos, sus refugios, su lugar en el mundo. Sentí la desolación de la vida. ¿Habría poesía que pudiera denunciarla? ¿Trascenderla? Te miré buscando consuelo. Entre el polvo que levantaban las máquinas, el ruido ensordecedor, mi tristeza, balbuceé una pregunta a uno de los hombres que pasaban por allí. SOJA, respondió. Levanté la ventanilla del auto; sentí la asfixia de nuestra cápsula, nuestro ridículo confort de aire acondicionado. Recordé recuerdo aquellos momentos en los que leí en voz alta los poemas de Wang Wei entre los árboles. La naturaleza recibió mi voz, el bosque absorbió mis palabras. El mismo bosque que estuvo en la tierra antes de mi nacimiento. El mismo que estuvo cuando años atrás me adentré por sus itinerarios secretos. El mismo bosque que debería estar cuando mi cuerpo y mi ser ya no formaran parte de esta realidad. 

-No es la impermanencia, te dije. Somos nosotros, somos nosotros.

 

Del libro Mare Nostrum. Edit. Libros del Zorzal. 2015.

Esa noche de verano propusiste que cenáramos en el jardín.

Una brisa suave movía las lavandas.

Vos lucías un vestido corto blanco con motivos rojos.

Sobre la mesa carne, verduras, frutas, pan, agua, vino.

Una magnolia sola en el delgado florero de vidrio y el De Profundis de Oscar Wilde eran nuestro homenaje a la individualidad.

Estábamos sentados uno al lado del otro.

De frente al bosque y al lago.

Las montañas se elevaban implacables.

El cielo estrellado y la luna inmensa nos amparaban.

De improviso, algunas luciérnagas llamaron nuestra atención.

Con rapidez te rodearon.

Cautivas de tu belleza, se encendían y apagaban girando intermitentes.

Eran diminutos fuegos penetrando la espesura nocturna.

Te iluminaron instante tras instante durante esa cena donde la sustancia de la pasión fluía entre nosotros como un líquido poderoso y dorado.

Supe que pasara lo que pasara jamás volvería a verte como te vi esa noche.

Elegida por la luz.

Atraída por la sombra.

(Inédito)

LEONARDO EXPERIMENTA CON RANAS

 

El niño corta con un estilete el cuerpo del batracio clavado sobre la tabla de madera.

La puntual incisión divide en dos la mañana: de un lado los estremecimientos de esos órganos todavía latiendo; del otro, la puerta entornada que muestra una porción radiante del jardín.

En el frasco de vidrio de color morado -el mismo donde algún día él verterá sus lágrimas y las de Gioconda- la madre dispuso algunas flores blancas.

El objeto permanece sobre un estante, perpendicular a la improvisada mesa de disección, al lado de la ventana.

La cruda luz no le impide a Leonardo leer en el reflejo veloz de las vísceras, una anticipación de su futuro. 

Visiones acuáticas, recuerdos de la rana, pasan por el cuarto.

 

En el origen de la sensación está la forma.

 

Del libro El taller de Leo. Edit. Libros El Zorzal. 2013.

Taller